La intolerancia a la lactosa

 

“La leche me sienta mal”

Seguro que has oído esta frase en boca de muchos o incluso tú mismo la has repetido en más de una ocasión. Pero, ¿sabes cuál es la causa? Es posible que la razón sea la intolerancia a la lactosa.

La intolerancia a la lactosa es la relativa o absoluta incapacidad que tiene el organismo para digerir la lactosa (azúcar natural de la leche). Este azúcar debe ser digerido previamente por una molécula llamada (enzima) “lactasa” producida en el intestino delgado, permitiendo así la absorción de los azúcares más pequeños que la componen (glucosa y galactosa) y, que de otra forma, no se absorberían. La intolerancia a la lactosa se desarrolla cuando el organismo no produce lactasa, o la produce en muy poca cantidad.

Desde un punto de vista nutricional no es aconsejable excluir estrictamente de la dieta los lácteos sin un diagnóstico médico que lo indique, pues estos aportan calcio, mineral que favorece la formación y mantenimiento de nuestros huesos. Lo conveniente es modificar su consumo para asegurar un aporte óptimo de calcio evitando las molestias de ingerir una cantidad excesiva de lactosa. Por ello, las personas no tolerantes a la lactosa pueden ir incorporando progresivamente ciertas cantidades de ésta en su alimentación hasta determinar su nivel de intolerancia.

Los quesos curados o los yogures, debido al proceso de fermentación, son alimentos con bajos niveles de lactosa pero aún así la industria alimentaria ha realizado grandes avances en cuanto a productos sin lactosa para aquellos consumidores con tolerancia muy baja.  Es decir, hoy en día existen multitud de alternativas de productos lácteos sin lactosa, para estas personas intolerantes. De esta manera, estas personas no privan a su organismo de los beneficios de los lácteos y pueden seguir consumiéndolos, adaptados a las necesidades de cada persona.