
A medida que envejecemos, nuestro cuerpo cambia. Uno de los procesos más importantes, aunque menos visibles, es el envejecimiento del sistema inmunitario, conocido como inmunosenescencia.
Este fenómeno explica por qué con los años aumenta la vulnerabilidad frente a infecciones, la respuesta a las vacunas puede ser menor y se incrementa el riesgo de enfermedades crónicas. Conocer qué es la inmunosenescencia, cómo se manifiesta y qué papel juega la alimentación permite entender mejor cómo cuidarnos lo largo de la vida.
¿Qué es la inmunosenescencia?
La inmunosenescencia es el deterioro progresivo del sistema inmunitario asociado a la edad. Con el paso del tiempo, nuestro sistema inmune se ve sometido a un desgaste progresivo, y ya no es capaz de renovarse ni de producir nuevas células de defensa al mismo ritmo que en la juventud.
Al mismo tiempo, se produce una activación mantenida de los mecanismos inflamatorios, dando lugar a un estado inflamatorio crónico y de bajo grado, conocido como inflammaging. Cuando este estado proinflamatorio silencioso interactúa con factores genéticos y ambientales, puede contribuir al desarrollo de muchas enfermedades: enfermedades cardiovasculares, síndrome metabólico, diabetes tipo 2, obesidad, procesos neurodegenerativos, artrosis y artritis, osteoporosis, sarcopenia, depresión, fragilidad y distintos tipos de cáncer.
Así, la inmunosenescencia no implica solo una disminución de las defensas, sino un desequilibrio inmunitario e inflamatorio que juega un papel clave en el envejecimiento y en la aparición de múltiples enfermedades crónicas.
Características de la inmunosenescencia
Las características de la inmunosenescencia se manifiestan en una pérdida progresiva de la eficacia del sistema inmunitario. De forma general, estos cambios se traducen en:
- Mayor susceptibilidad a infecciones, que tienden a ser más frecuentes y graves.
- Recuperación más lenta tras una enfermedad, intervención quirúrgica o periodo de inmovilización.
- Menor eficacia de la respuesta a las vacunas.
- Inflamación crónica de bajo grado asociada a la edad (conocida como inflammaging).
- Relación estrecha con la fragilidad y la pérdida de masa muscular (sarcopenia), factores clave en la pérdida de autonomía en la tercera edad.
Estas características explican por qué la inmunosenescencia no solo aumenta el riesgo de infecciones, sino que también influye en el desarrollo y la evolución de muchas enfermedades crónicas asociadas a la edad.
La inmunosenescencia en el adulto mayor
En el adulto mayor, la inmunosenescencia repercute de forma clara en la salud y el bienestar. El organismo tiene más dificultad para adaptarse a las infecciones y a otras situaciones de estrés físico, lo que se traduce en infecciones más frecuentes y graves, un mayor número de hospitalizaciones y una recuperación más lenta tras la enfermedad.
Un aspecto especialmente relevante es la relación entre inmunosenescencia y vacunas. La inflamación crónica y el envejecimiento del sistema inmunitario reducen la capacidad para generar una respuesta protectora eficaz y duradera, lo que explica que algunas vacunas pierdan eficacia con la edad y necesiten enfoques específicos.
Además, la inmunosenescencia suele coexistir con la fragilidad, la pérdida de masa y fuerza muscular (sarcopenia), el deterioro funcional y cognitivo y un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares y metabólicas. Todas estas alteraciones están conectadas por un mismo mecanismo de fondo: la inflamación crónica de bajo grado, que mantiene el deterioro inmunitario y funcional con el paso del tiempo.
Tratamiento de la inmunosenescencia y abordaje nutricional
En la actualidad, no existe un tratamiento capaz de revertir la inmunosenescencia. Esta no puede evitarse, ya que es un proceso natural y biológico, pero sí puede verse acelerada por factores como el estilo de vida (dieta, sedentarismo, estrés, tóxicos) o la predisposición genética. En las personas mayores, el deterioro del sistema inmunitario es más acusado cuando existe fragilidad o una alimentación pobre en micronutrientes, lo que pone de relieve la importancia del estado nutricional.
Entre los aspectos más importantes destacan:
- Patrón dietético: seguir una dieta de tipo mediterráneo, rica en frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y aceite de oliva, se asocia con una menor inflamación basal y una mejor función del sistema inmunitario.
- Proteínas: asegurar una ingesta adecuada a partir de alimentos como lácteos (leche, yogur y queso), pescados, carnes blancas y huevos, es clave para preservar la masa muscular y la capacidad funcional, factores estrechamente relacionados con una respuesta inmunitaria más eficaz, especialmente en edades avanzadas.
- Micronutrientes: las vitaminas A, C, D, B6, B9 y B12, junto con minerales como el hierro, el zinc, el selenio o el cobre, contribuyen al funcionamiento normal del sistema inmunitario. Además, las vitaminas C, E, B2, el zinc, el selenio y el cobre contribuyen a la protección de las células frente al daño oxidativo.
- Microbiota intestinal: los cambios en la microbiota con la edad pueden favorecer la inflamación. El consumo adecuado de fibra y alimentos fermentados contribuye a mantener una microbiota más equilibrada y funcional.
Dentro de una alimentación variada y equilibrada, alimentos de fácil consumo como la leche o el yogur pueden ayudar de forma sencilla a cubrir parte de las necesidades de proteínas y micronutrientes (vitaminas A, D, B2, B12, zinc y selenio), especialmente cuando el apetito es menor o la dieta resulta poco diversa, algo muy frecuente en la tercera edad.
Además de la alimentación, otros hábitos juegan un papel clave:
- actividad física regular,
- buen descanso,
- y evitar el sedentarismo,
favorecen un envejecimiento más saludable.
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